Un plato de sopa y un paso de fe

Historias para alentar y fortalecer – Día Mundial de la Oración de Wycliffe 2021

Lupe Lui es una mujer tongana que sirve en la Asociación de Traducción de la Biblia de Papúa Nueva Guinea.

En octubre de 2020 nos preparamos para ir a Popondetta, provincia de Oro, para abrir una nueva oficina de la Asociación de Traducción de la Biblia en Papúa Nueva Guinea (BTA por sus siglas en inglés). Me dieron la oportunidad de ir con el equipo y llevé K300 Kina ($85 US dólares) como dinero de bolsillo para uso personal. BTA me dio algo de dinero para comprar decoraciones y dulces para hacer collares de caramelo para la apertura. Ya en la caja, me di cuenta de que lo que me saldrían los productos era mucho más que lo que me había dado BTA. Se me ocurrió que esa era una oportunidad para bendecir la obra lingüística en Oro, así que tomé parte de mi dinero personal para pagar la diferencia.  

Esa noche, mi hermana tongana que vivía en Papúa Nueva Guinea (PNG) me preguntó si podía ayudarla a hornear algunos pasteles para su ministerio con las viudas. Dijo que traería los ingredientes. Entonces pensé: «Tengo otra oportunidad de servir aquí, con estas viudas de PNG». Le dije que no se preocupara, que yo compraría los ingredientes. Me quedé despierta toda la noche siguiente para hornear 12 pasteles de chocolate; me sentí muy privilegiada de poder hornear para esas viudas. Comprobé cuánto dinero me quedaba: 68 Kina de los 300 Kina originales. 

El miércoles por la noche planeé visitar a uno de nuestros directores, el cual estaba enfermo y hacía días que no comía. Vomitaba todo lo que comía y se debilitó mucho. Él es un hombre mayor, muchos de nosotros le decimos ‘Papa’. Le dije a su esposa que le dijera que iría a visitarlo y que le compraría algo para comer. Su esposa, Elizabeth, intentó disuadirme, ya que me respondió: «Lupe, no se lo comerá, no malgastes dinero, solo ven a verlo». Le dije que de acuerdo con mi cultura tongana, no podía visitar a alguien y presentarme con las manos vacías. Debía llevar un presente. Le pedí a Elizabeth que fuera conmigo a un restaurante coreano. Pedí sopa de pescado con algas y verduras de hoja verde.  

Una vez más, la tía Elizabeth me dijo que Papa no se lo iba a comer. Yo le aseguré que si lo haría. Fui a pagar la sopa y el precio era de 68 Kina. Así que tomé mis últimos 68 Kina y pagué por ella. La tía Elizabeth dijo que era muy cara. Pero yo le dije que Papa valía más que 68 Kina y que si él no la quería, la sopa sería para ella. 

Mientras regresábamos a su casa, la tía Elizabeth iba conversando con otro miembro del equipo en el auto. Aproveché esa oportunidad para poner las manos en el tazón de sopa y oré en tongano para que nadie entendiera lo que estaba diciendo.  

Oré así: «Padre, sabes que Papa Steven está realmente enfermo y no come. Te pido un favor. Por favor, haz que coma. Sé que aún no ha llegado su hora de morir. Y que aún tiene mucho por hacer. Por favor, sánalo. Padre, gasté mis últimos 68 Kina y quiero que eso haya servido de algo; por favor, escucha mi oración. Yo, una misionera tongana, te pido por un misionero de Papúa Nueva Guinea. Amén». 

Cuando regresamos al centro de BTA, le dejé la comida a la tía Elizabeth para que se la diera a ‘Papa’. Le dije a mi compañera de departamento que yo tendría que recaudar fondos para llevar a la provincia de Oro. Ella estaba molesta conmigo porque me había gastado el dinero reservado para el viaje. Me reí y comencé a pensar en ideas para recaudar fondos. Pero entonces pensé en ir sin nada, ya que Dios iba a proveer. Un mensaje de texto de Papa Steven interrumpió mis pensamientos. Me envió un mensaje para agradecerme y decirme que la comida había estado deliciosa. No le creí, ya que a veces uno dice cosas buenas para no herir los sentimientos del otro. Quise oírlo directamente de parte de la tía Elizabeth.  

A la mañana siguiente, mientras me preparaba para ir a trabajar, un amigo de Papúa Nueva Guinea me envió un mensaje de texto que decía: «No sé por qué, pero Dios te puso en mi corazón, y acabo de transferir 300 Kina a tu cuenta. Por favor, revisa tu cuenta». Quedé sorprendida pero feliz al leer ese mensaje.

Busqué a la tía Elizabeth en la oficina. quería oír directamente de parte de ella que lo que Papa Steven había dicho era verdad. Ella estaba muy emocionada, me abrazó llena de alegría y me dijo: «¡Gracias! Papa se comió toda la sopa». Mi corazón estaba lleno de gratitud porque Dios había oído mis oraciones. A partir de esa noche, Papa Steven volvió a comer y comenzó a recuperar fuerzas. Se recuperó y volvió a trabajar.

Nuestro Dios responde a nuestras oraciones y suple nuestras necesidades cuando ponemos nuestra fe en Él. Lupe actuó con fe y generosidad. Como resultado, su fe se fortaleció y la de los demás también!

 

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